MARISELA ESCALANTE
(Cuento de Albeiro Arciniegas)
“Le gustaba galopar en un caballo negro, El Azabache. Desnuda, se perdía por las praderas solitarias, jugueteando con el viento; libre, era un jinete azul moreno con la piel llena de luna”. Siempre se ha dicho que Porfirio Arana es un petimetre de al dos por cuarto. Será tal vez porque la bella Marisela Escalante, “simple nieta”, dice él, llegó a vivir a ‘La Virginia’, bajo el mando de costumbres monacales. ‘La Virginia’ era una hacienda de jardines babilónicos, colgantes, como nueva maravilla; ocupaba una pendiente, lisa y fresca, en las veredas taciturnas que circundan a la vieja Santa Elena de Valdivia. Don Porfirio se persigna cada vez que alguien le viene con el cuento de que anoche, en las orillas de la tarde, la miraron a su linda nietecita, cabalgando en un caballo de cristal lleno de luna. Iba desnuda (¡Virgen Santa!) ¿Está seguro?, sí, desnuda, y él exclama: ¡Es un demonio!, y en oscuros aspavientos se persigna, pide al cielo que lo libre de una mancha que no entiende.
Sucedió, cuenta la historia, que una vez a Don Porfirio se le vino a la cabeza que debía llevar a cabo un agasajo inolvidable, de postín y alto linaje, con orquesta, ‘Los Berrutti’, servidumbre distinguida y especiales invitados, en honor al Senador Carlos Perlaza. Como es de suponerlo, lo cremático, lo excelso de la antigua sociedad de Santa Elena, desfiló emperifollado y elegante, conversando en el silencio de las palmas y las hiedras que bordeaban el camino. ‘La Virginia’ se pobló de señorones distinguidos que, asombrados, admiraban la casona de dos plantas, los pasillos luminosos y los góticos jardines, mantenidos con esmero.
“Ya por esos días, la bella Marisela se encontraba locamente enamorada de mi amigo, Mario Arturo –le decíamos ‘Pingaloca’–, compañero de pupitre en el Colegio Loperena. Fue un amor de entrada y a primera vista. Se miraron, sin sorpresa. Como viejos conocidos, se dijeron:
“-¿Bailas?
“-Sí.
“-¿Cómo te llamas?
“-Marisela.
“Y él que Mario Arturo.
“-¿Estudias o trabajas?
“-¿Qué supones?
“-Me la juego, en el Colegio Loperena.
“-¿Y... tú?
“-También. Estudio. Hago noveno.
“El resto de la historia es un lugar, tan anodino, tan común, tan sin misterio. Las salidas al Cinema y los amigos, envidiosos, comentando: ‘¡Qué levante!’. ‘¿Se pillaron?’. ‘¿No les duele lechuguinos?’. En el fútbol, los domingos, admirando los equipos, barra brava en las tribunas, el corito, oleeeeee y oleeeeee, que no se rajen, y la ola, emocionante, multitud hiperestésica, rugiendo. Y ellos juntos, los pichones, tragadísimos: ¡Ah, suerte!
“Pero bien se ha dicho que el amor, como los sueños, dura poco. Por razones que, entre ceja y ceja, se le meten a los viejos, Don Porfirio, muy al molde Siglo XV, le prohibió a la bella Marisela continuar su relación con Mario Arturo y ordenó fuera encerrada en una pequeña habitación de ‘La Virginia’. Mario Arturo, lo normal y con la traga, la buscaba persistente; pero el viejo, cual muralla, se interpuso, intransigente, amenazando incluso con matarle: ‘A ti y a ella, no importa que sea mi nieta, pues no estoy dispuesto a tolerar una relación que traiga mancha a mi familia’.
“Lo cierto fue que, tras la prohibición, a Mario Arturo se le ocurrió un artificio, tan sencillo y, a la vez, tan de otro mundo, que le permitió no sólo encontrarse con la bella Marisela, sino que también le imprimió aquel dejo de zozobra a la verdad de unos amores imposibles.
“Azabache era un caballo negro, como el polvo de la noche; fuerte y bello, como el vértigo del viento, cuyo casco hecho de bronce parecía flotar sobre la tierra. En extremo, inteligente, superaba con su fuerza la tranquila mansedumbre del equino. Aprovechando que era joven, un talento, fue adiestrado y, cada tarde, en cumplimiento de un papel de Celestino, se allegaba a ‘La Virginia’ y aguardaba estacionado, como un poste, bajo el burdo ventanal de la casona. Marisela se asomaba al ventanuco y le decía: ‘Azabache, niño bueno, juega con las nubes’, y el caballo, sapientísimo, ofrecía su grupa que era enorme y alcanzaba los tres metros desde el piso. En ese instante, Marisela dando un salto de amazona y, a través de la ventana, se escapaba de su encierro. Nadie sabe con certeza si era entonces que Azabache la llevaba a la cascada; pero ya en la noche, regresaba a la casona, cabalgando en su corcel lleno de luna.
“En el colegio, Mario Arturo nos contaba que su amor por Marisela era sincero. ‘Mas ya ven lo de mi padre y Don Porfirio’, se acordaba y le decíamos que se olvide de esas vainas y él que no, que iba a olvidarse, que tranquilo, es un problema de los viejos, lo invitábamos al tute, ¿juegas mame?, no, mejor miremos tele, proponía Tony Segura.
“Marisela había cumplido quince años, cuatro meses, cuando comenzó a bailarle en la cabeza una ocurrencia insólita, de niña virginal y soñadora. Nadie supo si lo hizo por capricho o simplemente porque así estaba dispuesto. Santa Elena de Valdivia duda incluso, dónde empieza lo fantástico y termina lo terreno. El hecho fue que Mario Arturo, en los albores de una tarde, a la salida del colegio, nos contó que a Marisela, el galopar desnuda, más desnuda que una piedra, como un galgo a la carrera, sobre el lomo de Azabache era su sueño. Sí, sentirse acariciada por el viento, por las auras otoñales que penetran en los muslos y en las carnes; con los blancos pechos núbiles al aire. Por primera vez, errante y libre, era su sueño. En un cuaderno, a modo de memorias, dejó escrito lo siguiente: “Era una sensación extraordinaria. El cabalgar bajo la luna, en un vaivén intenso y limpio. Entre las piernas, Azabache, el lomo terso, lubricándome los muslos, ora abiertos, apretados, según el ritmo de la excitación con el avance”. Una caricia prolongada, algo indiscreta, que le hervía, como una brasa, atormentándole las piernas y llenándole de rojo las mejillas.
“Todavía recuerdo aquella noche, la del baile; las estrellas parpadeaban en la sombra y, como hormigas en la sombra, nos hallábamos nosotros, a la espera. Luis Perdomo, Los Laguada, el Negro Alfonso, Jhonny Alcíbar. Jorge Gálviz, quien decía que en la pradera resultaba fácil observar cuando Azabache galopaba hacia el lugar, a la cascada. ¿Será cierto?, dijo Alfonso. No lo sé, le contestaron Los Laguada y esperemos, dijo Alcíbar, yo mejor enciendo la linterna, dijo Gálviz, no hagan ruido y nos quedamos quietos, como tigres, a la espera.
“Eran las 12, menos 20 (Alcíbar dijo, mala hora) cuando apareció un caballo negro en la distancia. Un punto incierto, como sombra referente, en la penumbra. Nada claro. Ya más cerca pude verlo, galopando; era Azabache y Marisela iba desnuda. Pero entonces nos dio miedo. Era un espectro repelente que irradiaba una difusa transparencia, como luz amortajada que viniera de otro mundo. La cubría manchas de sangre. De la frente le manaban lamparones encendidos. Con los pelos erizados yo salí corriendo, igual hicieron Los Laguada. Jorge Gálviz dio un gemido sordo. Se enredó. Cayó de bruces en la hierba. Nos volvimos a reunir en una loma de eucaliptos y nogales. Es mejor que nos larguemos para el pueblo, dijo Alcíbar, sí, muchachos, es mejor, dijo Perdomo, y descendimos en silencio, caminando por los lados del Filón de Urbina.
“Se miraban las estrellas, transparentes y lavadas: verdes, rojas, azulinas. Las siluetas de las vacas que triscaban, en manadas, pajonales amarillos.
“Las primeras casas, los tapiales, asomaron apiñados en las bandas del camino; techos coronados de yerbajos quebradizos, cactus espinosos, siemprevivas.
“-Fue tremendo –dijo Gálviz.
“-Claro; ya lo sé que fue tremendo –dijo Alcíbar.
“-¿Le miraron las pupilas?
“-¡No seas bruto!
“El Negro Alfonso nos soltó con desparpajo:
“-¡Parecían las brasas del infierno!
“-¡Que se calle! –le gritamos–. ¡So pendejo!
“En una esquina, apareció como un fantasma, un hombre de sombrero, bien alón. Había salido del Café de San Isidro. Estoy seguro que era Pedro, el carpintero; nos llamó:
“-¡Muchachos!
“-¡Hola, Pedro!
“-¿Qué hacen a esta hora? ¿No me digan que se van para la fiesta?
“Le contamos que veníamos del oriente.
“-¡Oh, sí; tomábamos un poco de aire fresco!
“-La fiesta debe estar muy buena –comentó Perdomo.
“-¿Cómo? ¿No se han enterado? –dijo el hombre–. Es un manicomio. Todos andan medio locos con la muerte de la niña Marisela. Prácticamente ya no hay fiesta.
“Nos quedamos de una pieza. El hombre nos contó que Marisela había sido muerta a eso de las once de la noche. No supimos qué decirle.
“-Dios, entonces, ¡era eso! –murmuraron Los Laguada.
“-Yo mejor me largo –dijo el Negro Alfonso.
“Por la Calle Tenerife se perdió, sin despedirse. En lontananza, comenzaba una llovizna de luceros”.
***
“La muerte de Marisela Escalante tuvo repercusiones impensables de las cuales la locura, para muchos fue una forma de castigo”. Debían ser como las 10 y 35 y la fiesta se encontraba en su apogeo. ‘Los Berrutti’ interpretaban cumbias, porros, sanjuaneros. El licor corría por todas partes. Los amigos del doctor Carlos Perlaza hacían corrillos; comentaban los sucesos de política. El Alcalde Don Ramón de Ballesteros se quejaba de los pésimos gobiernos de los Gómez. Por su parte, el Senador Carlos Perlaza refería un pasaje truculento que le aconteció cuando viajaba a ‘La Virginia’.
-Son de esas vainas que uno nunca espera –dijo–. Claro que el trabajo por el pueblo justifica esa y las demás dificultades.
Don Porfirio, hombre de mundo, arrellanado en un sillón enorme, con bastón dorado en una mano, corpulento, bien trajeado, próximo al Obispo y al Doctor Julián Morales, se mostraba, alegre, satisfecho. No era para menos. La presencia del ilustre Senador Carlos Perlaza para él significaba un gran ascenso en el poder de la comarca. Garantizábale los bienes de una jefatura omnipresente que, en las próximas elecciones, obligaría a rendirle pleitesías, incluso al desgraciado de Gervasio, el ex–alcalde.
Sin embargo, no dejaba de inquietarle Marisela. Pero, bueno, él tampoco estaba dispuesto a permitir que una mocosa por muy nieta y consentida se saliera con la suya. “¡No!”. Y en eso era rotundo: “¡Jamás! ¡En absoluto!”.
-A propósito, muchachas –dijo Anita Montenegro– quiero aprovechar esta ocasión para invitarlas a mi matri’.
-¿Qué?
-Como lo escuchan. Sí, me caso.
-¿Cuándo?
-En este mes.
-¿Con Jaime?
-Sí, con Jaime.
-Cuenta, cuenta...
No había tiempo de contarles nada, porque entonces asomaba, como Venus, la de Milo, Susanita Sanclemente, bamboleando las dos piernas, las nalguitas apretadas, la cintura, la tenía como de avispa. Con su voz aconfitada se sumaba a las del grupo:
-¡Ay, niñas! ¡Cómo han cambiado los tiempos desde entonces!
-¡Susanita!
-¡Chica!
-¡Qué sorpresa!
-¡Cómo estás de hermosa!
-¡Y elegante!
-¿Una ginebra, Susanita?
-¿Soda? ¿Whisky?
-¡Qué vergüenza con ustedes! (Con la voz de compromiso les decía que eran amables). Me perdonan; pero sí, prefiero un poco de gaseosa. Como ustedes comprenderán, queridas, nunca he sido buena para el Whisky.
-Susanita, niña. No faltaba más.
Pero pensando: “Desgraciada zorra. Como si no la conociéramos. Debe meter hasta piquiña y, sin embargo, quiere pasar aquí por santa”.
Las libaciones, el consumo de licor iba en aumento. Julián Morales (el Dr.) soltó la risa. “¡Que la vida es pa’ gozarla!”, rezongó Carlos Perlaza. Susanita Sanclemente se sentó, coqueta, en un sillón de felpa, buena copia de un Luis XV. La pequeña minifalda, como araña, algo indiscreta, se apretaba sobre el muslo, desbordándole las carnes. La tanguita era observable. Color lila. Diminuta.
Con el ojo, de soslayo, el Senador Carlos Perlaza no perdía el menor detalle. Ya vencido la invitaba a que bailaran.
-Es muy raro –dijo Alberto Saralegui–. Sin embargo, hay que decirlo. En este pueblo abunda la maldita envidia.
-Ciertamente –murmuró el Alcalde Ballesteros–. El otro día, por ejemplo, llegó a mi despacho un hombre joven; trabajador del miserable de Gervasio. Decía que Don Porfirio los había engañado. Refirió una historia truculenta, concerniente con las minas del Filón de Urbina. ¿Cómo así?, le dije, sorprendido. En ningún momento permito que ultraje de esa forma a la persona de mi amigo, Don Porfirio. Y no lo digo, porque usted está presente; no, se lo aseguro. Es más: siempre he pensado que nosotros deberíamos levantarle un monumento. Como muestra de profunda gratitud al hombre grande que trajo la civilización a estos lugares.
-Me emocionan sus palabras. Si no fuera por personas como usted, Alcalde. O como mi amigo, Don Alberto. Esos campesinos desarrapados terminarían matándome. ¡Lo juro!
-¡Dios no lo permita! –barbotó el Obispo, rojo, incandescente, y agregó con voz meliflua–: Siempre he dicho que, Don Porfirio es para el pueblo, lo mismo que la Sagrada Fe para la Iglesia; lo ilumina a cada paso y lo protege.
-Su Excelencia. La verdad que no merezco sus halagos. Uno hace por el pueblo lo que el pueblo se merece. Con la ayuda, claro está, de los amigos.
Se chancearon. Hubo risas. Morisquetas. Don Porfirio abandonó la fiesta. Cuando el Senador Carlos Perlaza concluyó una pieza le dijeron:
-¡Qué manera de bailar, Doctor!
-Muy normalito –dijo él y les pidió una Puya.
-¡El Senador quiere una Puya!
-¡Qué le toquen una Puya!
‘Los Berrutti’ comenzaron los acordes conocidos:
Inspirado yo cogí el acordeón,
para hacer un parrandón,
una fiesta, un vacilón,
que parranda tan bonita.
Para todo aquel que quiera bailar,
venga conmigo a gozar,
quien se quiera contagiar,
venga alegrarse la vida.
Inevitable no decirlo. La fiesta entraba en clímax, casi orgásmico. ¡La Puya es mi sabor de vida! ¡Ay, hombe! El grito del cantante. Pero entonces se escucharon los balazos. Un silencio de otro mundo se cuajó en los rostros alcahuetes de seiscientos invitados. Se oyó un golpe, seco, contundente.
-Fue por el jardín –dijeron.
***
El guardaespaldas llevaba el M-15 bajo el brazo; le parecía que la noche estaba clara, muy tranquila. Cuando dobló una esquina, por la parte trasera de la Casa–Hacienda, percibió un sonido extraño. De inmediato, estuvo alerta. No quería pensar en algo insólito. Se dijo: “No he tomado ni una copa”, y se restregó los ojos, como si borrara los fragmentos de una realidad alterna; los recuerdos de un mal sueño.
“... y el caballo estaba allí, presente; enorme y negro...”
El guardaespaldas lo medía con la mirada. Cuatro yardas desde el piso. Decidió buscar la luna. La miró redonda y gorda; toda plata, iluminada. Se sintió satisfecho. Por lo menos, la luna seguía siendo la de siempre. “...luna, lunera...”, qué ocurrencia, cuando niño él la miraba, el disco blanco, como un queso, arrebujado en el macizo de montañas.
Otra vez cerró los ojos. “Círculos, monedas de colores...”. Le dolieron las pupilas. Al abrir los párpados, miró el follaje, la maraña de astromelias, el tomillo. Sí, miró el caballo y esta vez no tuvo duda.
Entre los cercos de magnolias y petunias, deambuló como una sombra; los aromas del jardín, en la nariz, le hacían temblar, se la picaban. Reaccionó cuando gritaron:
-¡La mató!
-¡Esta muerta!
-¡La mató!
-¡Seguro!
***
“Personalmente conocí el jardín de ‘La Virginia’. Las flores dispuestas de tal modo, se entrelazaban, confundían y desbordaban unas sobre otras, como si hubieran nacido espontáneamente, dándole al conjunto un aspecto campestre y natural, mientras que las plantaciones alineadas en cuadros, en sólidas columnas de cipreses amarillos, imprimían un carácter artificial y gótico. Además, tenía fuentes de mármol, acabados relucientes; una corriente de agua pura y cristalina que, en su recorrido, simulaba los cabellos húmedos de Artemis. En medio del follaje se aspiraba un aire de tranquila mansedumbre, atemperado por el fino aroma de las rosas y jazmines; el picante del beleño, la amapola, los geranios de colores encendidos. Según dicen, cuando Don Porfirio salió al patio no entendió lo que pasaba. Caminó a grandes zancadas. Grupos de muchachos correteaban asustados. Sobre el césped del jardín había manchas de sangre. ‘Yo tomé’, le dijo al Juez Penal de Santa Elena. ‘Pero no estaba borracho’. Al observar las flores descompuestas, le brillaron las pupilas. Sollozando, se dejó llevar por una mano temblorosa; lo empujaron. El Alcalde, Don Ramón de Ballesteros, lo encontró junto al cadáver de la bella Marisela”.
Resultaba insuperable. La sonrisa a flor de labios, con la rubia cabellera recogida, en las dos manos una mancha sin contornos, como el tibio corazón de una amapola. Se oyó un grito escandaloso:
-¡Está desnuda!
-¡Está desnuda!
El Senador Carlos Perlaza se indignó.
-¿Desnuda? –dijo.
-Sí, desnuda y muerta, puede verla con sus ojos.
Susanita Sanclemente se rascó una axila. ¿Cómo? ¿Quién le había dañado su alegría de esa manera? ‘Los Berrutti’ se callaron. Se oyó, grave, la protesta:
-Don Porfirio, no es posible –se quejaron los letrados, hombres finos de levita y cuello blanco.
-¡Que el decoro quede en nada!
-¡La vergüenza del escándalo, señores! –dijo, trémulo, el Obispo. Y un notable economista era una fiera. Susanita Sanclemente se prendió del brazo del Alcalde, Don Ramón de Ballesteros.
-Me despido –barbotó, la voz cascada.
Y el Alcalde, y el Obispo:
-Me despido.
En los hangares, comenzaron a bramar las limosinas, los peugeots, los convertibles. Se perdían acelerando en el repecho que separa, a ‘La Virginia’, del camino principal, la carretera.
Don Porfirio, en una esquina, como mármol penitente, estaba pálido; rezaba.
-Por mi culpa, por mi culpa...
-¿Qué dirán mis amistades? –dijo Anita Montenegro.
-Por mi culpa...
El Senador Carlos Perlaza, en un diván, desvanecido, entraba en crisis. Se frotaba las mejillas. Un par de damas de caderas voluptuosas lo asistían. Diligentes le rociaban en el pecho una colonia. Que se anime, le decían con insistencia. Y él: ¡que no!, ¡qué iba animarse! Con la punta de un pañuelo le limpiaban los contornos de la cara.
-Tranquilícese, compadre –dijo Alberto Saralegui.
El Senador:
-¡No sea pendejo! ¡Venga, vámonos! –chilló. Salió corriendo. Centenares de invitados lo siguieron. Quince, diez minutos. Tal vez menos y la casa estaba sola.
Los sirvientes trasladaron el cadáver al granero; lo bañaron. Cuidadosamente le limpiaron sangre del cabello. Con el agua apareció la herida, leve, apenas en la frente.
-¿De fusil?
-No, de pistola.
-De fusil le destrozaba la cabeza.
-¿Cómo saben?
-¿Quién lo dijo?
-¡De fusil! –gritó una voz inapelable.
-¡De fusil! –dijeron todos.
Don Porfirio se fijó en el guardaespaldas. Era un hombre joven, los cabellos negros, amusgados; las pupilas líquidas, verdosas.
-Fuiste tú –le dijo.
-¿Yo? Señor... ¿Cómo supone?
Don Porfirio le pegó una cachetada. Con la voz pastosa le gritó:
-¡Insolente!
El guardaespaldas fue llevado preso a la Estación Central de Policía de Santa Elena de Valdivia. Allí rindió declaración preliminar, pero la suerte, en su sentido literal, estaba echada.
***
Durante la época de los desplazados de la violencia en las montañas y en los llanos se formaron grandes desbandadas de sobrevivientes que en manadas asomaron por los lados del Filón de Urbina. Eran oleadas de inocentes, perseguidos de la guerra que, con suerte, se asentaban en las tierras húmedas, cercanas al pantano, a la Región de los Alisos. Rostros macilentos. De esperanzas muertas. La carroña humeante que brotaba desde el vientre mismo de la guerra.
Santa Elena de Valdivia los miró llegar como a la peste. Conocía de la miseria que arrastraban a su paso. Del dolor enfermo que guardaban en el fondo de sus lánguidas pupilas. Como parte del tumulto, a la deriva, apareció una tarde, un hombre tal, como cualquiera; de nariz arremangada y apariencia bonachona; de pelambre, negra y espinosa; de unos ojos frívolos, rasgados. Señorial, como ninguno, levantó una choza, desbravó la tierra; organizó la explotación de sus hermanos de infortunio. Dueño de un espíritu agresivo y solapado, nadie supo cómo fue ganándose de a pocos la confianza del Alcalde, Don Gervasio Bustamante. Lo nombró asesor en su despacho y crearon juntos el llamado “Fondo Municipal de Desplazados”.
-Dicho fondo –le explicó el recién llegado– puede cumplir con las funciones de una Agencia Prestadora de Servicios. Qué le digo, podemos pagar salarios cómodos, vinculando mano de obra a las labores de las minas. Como he podido observar, usted posee unas minas excelentes que, bien explotadas, ¡estaríamos hablando de millones!... ¡Nooo! ¡De eso no se preocupe, Alcalde! La gente pensará que estamos adelantando una obra de beneficencia social y así, contentos todos. ¿No le parece, Alcalde?
Sobra decir que Don Gervasio lejos se encontraba de decir que no a los alcances de una propuesta, por demás indecorosa. Como consecuencia y, en los meses subsiguientes, fueron enganchados a las minas más de 7.500 hombres y familias desplazadas. Con su trabajo generaron una riqueza en esmeraldas que más tarde Porfirio Arana supo colocar hábilmente a su servicio.
Don Gervasio, por entonces, era un hombre que infundía respeto. Dominaba Santa Elena de Valdivia. Vigoroso, semental en su redil, había engendrado varios hijos. Mario Arturo era el menor, su consentido.
Según dicen, Don Gervasio, gamonal de viejas lides, conocía de la prudencia. Casi nada lo tomaba por asalto. Extrañamente nunca imaginó que su perdición medraba cerca.
Una tarde Mario Arturo fue testigo de que un hombre, algo entrecano, se presentaba en la casa de su padre. Llevaba bajo el brazo un arsenal de documentos polvorientos y marchitos: los contratos de 8.520 trabajadores de las minas. En su tono habitual, le informó que debido a los salarios de hambre, millares de trabajadores habían decidido sindicalizarse.
-Están organizando una demanda.
-¿Cómo así? –le preguntó Gervasio, algo asustado.
-Sí –le contestó Porfirio Arana–. En ningún momento tuvimos en cuenta que los largos años de trabajo generaban una vinculación económica de tipo contractual, con una serie de derechos adquiridos. En otras palabras, que sólo por prestaciones sociales tendríamos que cancelarles millones. Me duele decirlo Don Gervasio: ¡estamos abocados a la ruina!
La sorpresa fue mayúscula.
-¿No puede ser?... Pero si usted me dijo... Entonces... ¿Cómo pudo?...
Se desconocen los términos del trato. Lo cierto del caso es que, a los pocos meses, a Porfirio Arana, le fue reconocida parte de las minas, en dominio y usufructo, con un cincuenta por ciento de ganancias. La demanda de los sindicalizados jamás prosperó –entre otras cosas, debido a que un incendio consumió los documentos– y el caso, a pesar de lo evidente, fue enterrado en la memoria de los vivos.
A partir de entonces la desconfianza con un odio irrefrenable comenzó alejar a Don Gervasio de Porfirio Arana. Se agravó la situación cuando una noche, en el calor de algunos tragos, Don Gervasio le gritó “ladrón”, “usurpador”, “enano”; a lo cual, Porfirio Arana contestó con un cachazo de revólver en la cara. Le vació una cuenca. Lo dejó virolo y agraviado para siempre.
El proceso por la muerte de Marisela Escalante fue radicado en el Juzgado 23 Penal de Santa Elena de Valdivia. Fueron llamados a declarar Porfirio Arana, el guardaespaldas, Carlos Montes, dos empleados de servicio y, por supuesto, Mario Arturo Bustamante. Mario Arturo declaró que se encontraba al tanto de la vieja enemistad de Don Porfirio con su padre, sólo que él estaba locamente enamorado de la linda Marisela, aspecto por el cual nunca midió las consecuencias. Don Porfirio, por su parte, se mostró particularmente afligido; afirmó que en los hervores de la fiesta la sospecha gravitaba en su cerebro. Fue por eso que ordenó a Carlitos Montes, guardaespaldas de confianza, que tuviera un ojo alerta y vigilara la apartada habitación de Marisela.
-Créame –dijo– no hubo mala intención en ello. Yo también amaba a Marisela, era mi nieta.
La sensación de que los jueces buscaron chivos expiatorios, por salvar la dignidad de Don Porfirio, durante años siguió viva. Según el guardaespaldas, él sí disparó, pero al caballo. Dijo que el caballo estaba allí, junto a la fuente, y él le disparó con parsimonia. Incluso, oyó el relincho sordo, prolongado, y él pensó que estaba muerto.
***
“La versión, como es de suponerlo, no fue tenida en cuenta. El juez dictaminó parcial amnesia por consumo de sustancias psicoactivas, de licor adulterado. Una condena de quince años”. Don Porfirio, al poco tiempo, se olvidó del insuceso. Sin embargo, a la hora de saldar las cuentas, la locura lo rindió bajo su manto. Pese a que alegó un complot organizado por Gervasio Bustamante (“No olvidemos –dijo– que el caballo pertenece a sus haciendas”) la verdad, para su mal, como la muerte de una virga, atormentada por el lomo de un equino, es diferente. La sociedad escrupulosa de su tiempo, inapelable en sus designios, le labró el camino de su propia decadencia. Nunca perdonó que el Senador Carlos Perlaza viera envuelto su prestigio en un escándalo sin nombre, a consecuencia de lo cual perdió las elecciones y Gervasio Bustamante regresó al poder de antiguos años.
“De mi parte, un testimonio personal que viene a cuento. En el verano del 90, tras una vida de errabundo, trabajaba en Aerolíneas Argentinas. Por razones de la empresa, me encontraba en Santa Elena de Valdivia. Pregunté por mis amigos de la infancia. Mario Arturo Bustamante era doctor en Medicina, hacía un post-grado en Inglaterra; Jorge Gálviz, un ocioso, lo perdieron las mujeres; Los Laguada, comerciantes, importaban tafetanes holandeses; Luis Perdomo redactaba un libro de aventuras inspirado, según él, en Conand Doyle. Jhonny Alcíbar, el más pilas, abogado de los buenos, me contó que Carlos Montes había salido de la cárcel, sin futuro.
“-Es raro –dijo–. Pero insiste en su inocencia.
“Durante mi corta estadía en el pueblo quise visitar ‘La Virginia’. Un rumor me había llamado la atención; al comprobarlo, entendí que el pueblo conocía, pero callaba. (“¿De fusil?”. “No, de pistola”. “De fusil le destroza la cabeza”.) Yo subí, recuerdo bien, por el camino de nogales, por la escarpa del Filón de Urbina y, en la sombra de un abeto solitario, me encontré con el desastre. Nada del antiguo esplendor. Del lujo deslumbrante. Sólo una casa de paredes agrietadas, abatida por la hierba y la maleza y un olor a polvo y a madera carcomida en todas partes; el marmóreo monumento de Artemis, antigua gloria del jardín, yacía en el suelo. En el silencio del ambiente, había una charca de aguas pútridas, verdosas; en su margen, picoteaban cuatro pájaros voraces. Y una rana deprimida y pigmentada palpitaba entre la hierba. De las ruinas, emergió un anciano octogenario, desgarbado y extraviado en la locura. Me miró con ojos trémulos. Le dije: ‘¿Don Porfirio?’. Se asustó cuando le hablé de Marisela y comprobé que la leyenda era muy cierta. Don Porfirio se persigna cada vez que alguien le viene con el cuento de que anoche, en las orillas de la tarde, la miraron a su linda nietecita, cabalgando en un caballo de cristal lleno de luna. Iba desnuda (¡Virgen Santa!) ¿Está seguro?, sí, desnuda, y él exclama: ¡Es un demonio!, y en oscuros aspavientos se persigna, pide al cielo que lo libre de una mancha que no entiende. Luego dice: ‘Sí, por eso la maté. Señor, yo la mate con mi pistola. ¿...Y es posible? ¿Anoche dijo?’. Una pregunta que se queda sin respuesta”.


